Los Lakers serán eliminados en primera ronda de playoffs. Esto es lo que se repite en los pasillos de la NBA desde hace meses. El cambio de dueño de la franquicia, el epílogo de LeBron James, la falta de compromiso de Deandre Ayton, los problemas defensivos. Las conclusiones, para el equipo de JJ Redick, han sido dogmáticas.
Sin embargo, durante marzo, un genio del básquetbol empuja con su talento de gota gorda, con su juego de cámara lenta y genialidad recurrente, para convencernos de lo contrario. Hablamos, por supuesto, de Luka Doncic.
La derrota de los Lakers frente a los Pistons, en la última posesión, cortó una racha de nueve triunfos en fila de los angelinos que los llevaron a ocupar la tercera posición de la Conferencia Oeste. Doncic, el propio niño Dios de Hollywood, tuvo el último tiro en sus manos. Forzado, con marca encima, se quedó corto por poco. Luka carga en estos Lakers un vía crucis similar al que vivió con Dallas Mavericks en 2024, cuando llevó a la franquicia a disputar las Finales de la NBA.
Más allá de su apariencia física, a Doncic se le caen los puntos de las manos. Los hace como quiere. Los hace como puede. Es hoy por hoy el mejor jugador ofensivo de toda la liga y si bien no es candidato a ganar el MVP, llegará a abril en plenitud de condiciones. Es su equipo. Lo sabe él, lo sabe Redick, lo sabe LeBron. Lo saben todos.
Doncic está empujando al resto a hacer el extra que se necesita para competir. LeBron, a los 41 años, está haciendo un trabajo extraordinario como segunda espada. Austin Reaves, necesitado a veces de ser la primera, ocupa ahora su rol de tercer mosquetero. Y Ayton, acostumbrado a navegar con su mente por Babia a lo largo de los partidos, empezó a entender en el desenlace de la serie regular lo que se requiere de él. Defensa oportuna en la pintura y acompañar en ofensiva con lanzamientos lógicos cerca del aro.
Luke Kennard les ha dado a los Lakers una presencia similar a la de Alex Caruso en la burbuja. Es un tirador mucho más confiable y es menos sacrificado, pero es prolijo, comprometido y está dando frutos con sus flechazos a distancia. Y Marcus Smart se parece hoy mucho más a su versión de Celtics que a la más reciente de Grizzlies. Es como si todo, en poco tiempo, se hubiese acomodado en función de una idea.
Los Lakers tienen un récord de 22-7 en partidos definidos en el clutch. Tienen experiencia, pero también padecen el desgaste. LeBron es extraordinario, pero el tiempo es el tiempo. Y Doncic tiene 27 años, pero más allá de ser un jugador fuerte, llega a los desenlaces muy exigido por la presión defensiva que le aplica cualquier rival de turno.
Contra los Pistons, L.A. se recuperó de una desventaja de 16 puntos. Sin Smart ni Rui Hachimura -es cierto, los Pistons sin su estrella Cade Cunningham– lograron acercarse pese a sufrir con la efectividad de sus tiros ante una de las mejores defensas de la competencia.
Entonces, ¿este equipo es un espejismo o una realidad? Doncic es algo así como un viajante del futuro que muestra, con sus artes, lo que puede ser la franquicia púrpura y oro en su porvenir. Observar un espejo y entregarse a la alegría o la tristeza. Está en cada uno de nosotros creer. El esloveno, en definitiva, confunde con su genialidad: oculta impurezas y destaca virtudes. Convence a los demás, los empuja y los seduce. Posiciona a un equipo destruido de antemano en uno que puede competir.
Estos Lakers no son un equipo de campeonato. De hecho, nadie puede asegurar que puedan superar una primera serie de playoffs a siete partidos. Por desgaste, por profundidad de plantel, por vicios sostenidos de tiempos anteriores.
Doncic, sin embargo, abre el paño y despliega las fichas. Como en Dallas en 2024, va fuerte por otro milagro deportivo. Conquistarlo o no es el fin, pero lo importante aquí es la voluntad del camino: el desafío de no rendirse e intentarlo. Quizás no sea en 2026. Quizás haya que esperar un poco más. Pero con la agencia libre caliente pasado el mes de junio, todo lo que vemos hoy como introducción puede, en un tiempo no tan importante, traducirse en nudo y desenlace.
Será cuestión de conseguir las piezas necesarias para acompañarlo. Y entonces sí, las alegrías que se presentan pasajeras y extraordinarias, podrán convertirse, de una vez por todas, en recurrentes y regulares. Con información de ESPN.